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Sunday, 6 May 2018

BABELICUS EN ESPAÑOL Número 5

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BABELICUS EN ESPAÑOL

Número 5 - 2018



Estimados amigos:

Les presentamos el quinto número de BABELICUS EN ESPAÑOL que forma parte del blog del amigo y escritor italiano Stefano Valente a quien agradecemos su apoyo y disponibilidad para con esta revista multicultural.


Y también en la página de Facebook

Para este número nos han llegado cuentos en español, de varios países de América Latina llenos de fantasía, humor y horror. Deseamos que este proyecto siga creciendo, y ruego a los escritores de lengua española interesados en publicar en Babelicus, que envíen sus colaboraciones a la responsable de la edición en español de la revista virtual bianual: Adriana Alarco de Zadra:  alarcoadriana@gmail.com

Se publicarán los cuentos que cumplan los requisitos de brevedad, gramática, fantasía y respeto. Los autores no pierden sus derechos de autor.

Portada: Castillo de Esperia (Fro): Óleo de Adriana Alarco



ADRIANA ALARCO DE ZADRA
Perú



RECORRIENDO HORIZONTES

Paso el tiempo abrazando la vida, recorriendo horizontes,

remendando relatos, llenándome los ojos de color

mientras pinto exóticos retratos o fantásticos castillos;

desvistiéndome de sentimientos tristes, corriendo con el viento

en lo alto de los montes y en los bosques del olvido,

acercándome a tu orilla y nadando en la playa del recuerdo.

Debo volver en mí, revolcándome, despertando, acariciando

pieles ajenas y desnudas, cuando la vida que se acaba

se llene otra vez hasta el borde de alborozo y de alegría.








DANIEL FRINI
Argentina

ÉRAMOS UN MILLÓN DE ANIMALITOS CIEGOS

Entraron a mi hogar destruyendo todo.

El primero en morir fue papá, al tratar de impedir que tomaran a mi madre; pero el más grande de los salvajes, el que a todas luces era el jefe del grupo, le asestó un tremendo golpe con su garrote, que deshizo su cabeza.

Mi hermano mayor me tomó entre sus brazos y quiso sacarme de la Gran Sala, alejándonos de Casa. Nunca supe de dónde vino el ataque. Se le doblaron las piernas y caímos. Cuando vi sus ojos vidriosos escudriñando el vacío, comprendí que estaba muerto. Grité con todas mis fuerzas, en una mezcla de impotencia y locura.

Ese fue mi último acto consciente. Nunca más volví a ver a mi familia.

Los salvajes me encerraron en una caja pequeña, en completa oscuridad. Me alimentaban una vez por día y nunca me dejaron salir. El olor y la pesadez del aire eran insoportables.

No sé cuánto duró esa agonía. Perdía el conocimiento de continuo. En mis escasos momentos de lucidez notaba a veces una negrura total y otras, hilos tenues de luz que iluminaban mis manos sangrantes e infectadas, como lo estaba el resto de mi cuerpo. Y en todo momento, el movimiento bamboleante me mostraba que íbamos andando hacia un destino que desconocía.

En el delirio de la fiebre oía desgarradores gemidos y hasta lo que, supuse, eran palabras que decían mis compañeros de marcha y agonía. No reconocí sus lenguajes.



Cierto día, el bullicio del exterior se hizo atronador. En algún momento abrieron la puerta de mi caja y dos salvajes me sacaron, arrastrándome, de ella. La claridad cegadora inundó mis ojos. Cuando, después de un tiempo, pude adaptar mi vista a la luz, comprendí que estaba en una jaula. Con gran esfuerzo, me puse en cuclillas y pude apreciar la inmensidad de la trágica escena.

Estábamos en una habitación muy grande, más grande que cualquiera que hubiese visto antes. A ambos lados de un pasillo estaban dispuestas las jaulas, similares a aquella en la que ahora me encontraba, algunas más grandes, otras menores. Unas encima de las otras. En su interior, infinidad de seres de los que habitaron mi tierra. Desde los grandiosos Caballos-con-Trompa, hasta los hermosos Seres-que-Surcan-los-Cielos.

Mi jaula ocupaba uno de los lugares más altos, apenas por debajo de una ventana circular. Poniéndome en puntas de pie con esfuerzo, a través de ella podía ver un paisaje desolado: una gran extensión de arena, con algunos arbustos esparcidos aquí y allá; una llanura chata apenas cortada por una montaña solitaria, a lo lejos, detrás del horizonte.

En la jaula vecina habían colocado a una hembra de mi raza, a la que jamás había visto antes. La cubría de vergüenza su desnudez obligada, y aunque la supuse hermosa, su rostro con sangre seca, sus ojos rojos de llanto y su cuerpo tan maltratado, quizá como el mío; me empujaron a la pena y a la necesidad de consolarla. Le hablé con suavidad, pero ni siquiera me miró. Perdí la cuenta del tiempo que pasamos allí.

No había ningún tipo de separación entre las jaulas de arriba y las de abajo, de modo tal que el excremento y el orín de las superiores caían de una a otra hasta llegar al piso. Muchos de los cautivos que estaban en las jaulas inferiores murieron. Cada día, una vez, los salvajes entraban a la Gran Habitación y retiraban los muertos, ponían a nuevos prisioneros, recién llegados, en otras jaulas y nos daban escaso alimento.

Nos castigaban sin motivo. Creo que mi compañera enloqueció. Lloraba y llamaba sin descanso a su hijo.

Finalmente, una mañana en que vi el cielo oscurecido por las nubes, se abrió la puerta de la Gran Habitación y entraron todos los salvajes. A su cabeza, uno de ellos, de pelo blanco y cara surcada por arrugas viejas, y al que nunca habíamos visto; alzó su mano. Se hizo el silencio y con voz atronadora habló con palabras que no entendí, pero que aún escucho en mis oídos como a una maldición, como el motivo y razón de la muerte de mi mundo. El dijo:

―¡Animales!, mi nombre es Noé.

Afuera se desató la tormenta. Llovió durante cuarenta días y cuarenta noches.



ELLA NOS ENSEÑÓ A DESCUBRIR MUNDOS MÁGICOS


Las clases con la señorita Tita eran pura poesía.  Pensá que teníamos, no sé, seis años; o siete alguno que repetía; no más grandes que eso; y la mayoría con un julepe bárbaro porque apenas dejábamos nuestras casas para entrar a ese otro mundo, el de los niños de impecable blanco, como decía la directora. No había Jardín de Infantes ni aclimatación con nuestras viejas. No señor. Primeros días de marzo, olvidate de la infancia, chau mamá, y adentro, a clases.

Pero con ella ¡que delicia! Tenía el don de hacerte sentir en el patio de tu casa, jugando con tus amigos.

Cierta vez nos pidió que llevásemos plastilinas de colores. Ese día la Señorita Tita entró al aula, y nos dijo:

—Hoy vamos a fabricar pájaros.

Nos dio algunas indicaciones y, con las manitos sucias después del recreo largo, empezamos a moldear bolitas chiquitas y grandes que juntábamos, unas con otras, remedando algo lejanamente parecido a un ave. Y entonces, cómo decirte, se hizo el milagro. Ella empezó a pasearse entre los bancos, diciendo, mientras acariciaba nuestras cabecitas:

—Qué bien, María

—Te felicito, Rubén

—Muy lindo, Mario

Y después de esa caricia, en nuestras manos, esas estatuitas deformes de plastilina se transformaron lentamente en aquello que cada uno de nosotros había imaginado. Y empezaron a volar. 

Aparecieron hermosos gorriones, fantásticas golondrinas, y loritos barranqueros, y benteveos, chingolitos, calandrias, cardenales, canarios, tordos. Algunos más estudiosos, que habían visto dibujos y fotos en algún manual, se le animaron a los flamencos –por aquel entonces yo no sabía que se llamaban así- y a las cigüeñas, y a un pelícano, gaviotas, garzas, petreles. Y dos o tres que tenían una imaginación fabulosa, amasaron unos pájaros extrañísimos que recuerdo —la memoria, vos sabés, te juega malas pasadas— como parecidos a quetzales, guacamayos y aves del paraíso.

Casi al mismo tiempo, las paredes del aula se desvanecieron y nos encontramos sentados en un prado, al pie de la sierra; bajo un cielo luminoso y cristalino; y con nuestros pájaros volando y piando, graznando, trinando, silbando o como se llame al canto de cada especie.

Y nosotros, embelesados, reíamos y gritábamos mientras saltábamos y corríamos de acá para allá, siguiendo sus vuelos con nuestras caritas llenas de vida, en medio de un festival de colores y plumas.

Y la Miriam que gritaba porque el cóndor que había fabricado el Cholito le hacía vuelos rasantes; porque todos sabían que el Cholito gustaba de la Miriam, como se decía entonces.

Y la gorda Alicia se quedaba quietita, con ojos de pánico, porque le tenía miedo a las palomas que le pedían esas semillitas de girasol, que ella llevaba siempre en un bolsillo; sí, las mismas que ahora se llaman pipas.

Y el José carreteaba intentando despegar mientras agitaba sus bracitos imitando el vuelo de un albatros que había inventado.

Y la Estela daba manotazos para agarrar su picaflor. Y la Susi sacaba miguitas de pan de adentro de su cartuchera para tirárselas a un hornerito que la miraba desconfiado. Y el Juancho, cómo no, buscaba piedritas; que por suerte no encontró, para poder usar con su gomera; desesperado ante tanto pájaro suelto y él sin municiones.

Yo miré a la señorita Tita: estaba radiante. Y te juro que vi al sol reflejado en una lágrima, que se me antoja de amor, sobre su mejilla.

Claro que el alboroto que hicimos debe haber sido grande, porque una milésima antes de que se abriera la puerta del aula, los pájaros se detuvieron en el aire. Volvieron las paredes, y el pizarrón, y los bancos, y el piso; se esfumó el cielo y apareció el techo de siempre, viejo y descascarado, con su lamparita solitaria colgando como un triste solcito casi apagado.Recortada en el marco de la puerta, apareció la silueta de la directora. Adivinamos su gesto adusto de siempre; y se nos vino encima el consabido discurso: que la escuela es un templo del saber, que no se puede permitir tanto ruido, que ¡estos niños!, que el respeto por los demás, que para hablar están los recreos, y dale, dale, dale.

Mientras nos retaba, miré al piso: pedazos informes de plastilina estaban desparramados por todos lados, aplastados, como si hubiesen caído desde gran altura.

La señorita Tita, ajena al discurso y a sabiendas de su semilla plantada, sonreía.


Daniel Frini - Escritor y poeta argentino. (Berrotarán ―Córdoba, Argentina―, 1963). De profesión Ingeniero, fue redactor y columnista en varias revistas, colabora en varios blog y e-zines.  Sus obras fueron galardonadas con varios premios y traducidas a varios idiomas. Participó como jurado en varios concursos. Es integrante del Grupo Literario “Heliconia” y coordinador del Taller Literario Virtual “Máquinas y Monos” de la revista digital “Axxón”. blog personal http://danielfrini2.blogspot.com.ar/




DIEGO MUÑOZ VALENZUELA
Chile



AUSCHWITZ


El anciano comenzó a descender calmoso la escalera que conducía a la estación del tren subterráneo. No tenía ninguna prisa, nadie lo esperaba. El matrimonio sin descendencia se había esfumado por completo con la muerte de su esposa algunos años atrás. Este recuerdo ya no lo entristecía; nada lograba sacarlo de su mutismo. Una vez al mes se animaba, más por obligación que por entusiasmo, a cobrar el cheque de la jubilación que le permitía prolongar su vida reposada. No pasaba estrecheces económicas, al menos. Era, tal vez, un monótono privilegiado.

Estaba pasado el mediodía y un calorcillo punzante se agitaba gozoso en la atmósfera pregonando el verano inminente. El anciano, sin embargo, portaba un grueso abrigo invernal; a su edad este cambio de clima era todavía una sutileza incapaz de modificar su indumentaria.

Terminó el descenso y se dirigió a la boletería que era atendida por una mujer rubia, madura y de expresión muy rígida. Demoró mucho en reunir las monedas para cancelar el boleto y la cajera lo observaba impaciente. Por fin juntó el dinero y recibió el boleto azul a cambio. Sintió, al alejarse, la mirada fría de la mujer en su espalda, pero no se atrevió a voltear el rostro.


Una vez en el andén sintió fatiga, era larga la caminata, y se acomodó en una silla acrílica desde donde pudo dominar toda la estación. Enfrente de él había un grupo de muchachas que no   hacían más que reír y hacerse cosquillas unas a otras. Cerca de él, de pie, un individuo alto, corpulento, con un bigote muy bien cuidado, contemplaba a las jóvenes sin perder detalle de sus movimientos; a veces sus faldas descubrían sus muslos suaves y torneados; otras, sus senos de turgentes pezones se veían por entre los escotes audaces. Este hombre ‑pensó‑ tendrá unos cuarenta años. Al otro lado de la vía, era curioso, no había nadie. El anciano abandonó sus observaciones al percibir un estremecimiento en el piso. No, no era un temblor, ya lo sabía, era el ferrocarril que se aproximaba. Se incorporó al tiempo que hacía su entrada el Metro. Las puertas de los vagones relucientes se abrieron y los nuevos pasajeros ingresaron. Las muchachas y el cuarentón subieron delante del viejo. El vagón estaba casi desocupado y no tuvo problema para encontrar asiento. El cuarentón se ubicó frente a las muchachas; era evidente su excitación. Una mujer gorda llena de paquetes se quejaba del calor y de la carestía mientras devoraba un chocolate enorme. Más al fondo un quinceañero se ruborizaba con las miradas provocativas y las carcajadas eróticas que le dirigían las jovencitas. El cuarentón se retorcía, envidiando al mocoso.


Las estaciones empezaron a sucederse con vertiginosidad. Una de las muchachas se acercó al joven solo con el pretexto de pedirle fósforos. El anciano pensó en reclamar si es que fumaban, mal que mal estaba estrictamente prohibido, pero su inercia lo hizo desistir.  El muchacho tenía fósforos y prendieron los cigarrillos. La señora gorda masculló algo que no se entendió a causa del chocolate que hinchaba sus mejillas. Los muchachos conversaron, luego empezaron a juguetear tocándose los cuerpos uno al otro.  Las muchachas se erotizaban y miraban al cuarentón. Acrecentaron sus juegos nerviosos. Al fondo, la pareja se besaba tendida en un asiento. La mujer arrojó una mirada horrible al anciano, como insinuándose. Las muchachas rodeaban al cuarentón complacido. El anciano sentía náuseas por los guiños de la gorda. Los muchachos se desnudaban. De pronto el anciano pensó que todo era tan extraño. Una voz ordenó bajarse a todos los pasajeros a través de los parlantes. El tren se detuvo, pero las puertas se mantuvieron cerradas. Afuera había una espesa neblina. Transcurrieron algunos segundos. Estaban todos de pie, menos el anciano. Estaban frente a las puertas que no se abrían.

Cuando empezó a salir el gas por los conductos hábilmente disimulados, todos gritaban y golpeaban las puertas de vidrio y trataban de separar las gomas que las hermetizaban. Desde afuera era posible ver como la gorda vomitaba el chocolate sin dejar de chillar y estrellarse contra los vidrios. Los puños del cuarentón estaban destrozados y la sangre corría por los vidrios. Las muchachas aullaban histéricas junto al quinceañero.  Solo el anciano se mantenía en el asiento aspirando en grandes bocanadas el gas que le robaba la vida.



Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956) ha publicado siete libros de cuentos: Nada ha terminado, Lugares secretos,  Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, Déjalo ser, Las nuevas hadas y Microsauri;  cuatro novelas: Todo el amor en sus ojos (tres ediciones: 1990, 1999, 2014), Flores para un cyborg (tres ediciones: 1997, 2003, 2010), Las criaturas del cyborg (2011) y Ojos de Metal (2014); las tres últimas conforman una trilogía de ciencia-ficción; y los libros ilustrados de microrrelatos Microcuentos (libro virtual, 2008,  con Virginia Herrera) y  Breviario Mínimo (2011, con Luisa Rivera). Se distingue como cultor de la ciencia ficción y del microrrelato.http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/



FRANCESC BARRIO
España

LOS QUE ACECHAN

Abre los ojos. Le rodea  la más absoluta oscuridad. Parpadea varias veces. Un opaco manto tenebroso lo envuelve en un abrazo invisible. Nada. Todo. Negro. Estoy. Solo.

Un proceso fugaz pero eterno. Se le eriza el vello de la nuca. Su corazón se acelera, un hormigueo le recorre las articulaciones. Siente que le falta el aire.

Está de pie, en medio de algún lugar. Presiente la proximidad de lo cercano. La cabeza le da vueltas, se tambalea todo su ser. Extiende los brazos esperando descubrir algo familiar. Latidos desbocados, el corazón a punto de estallar. Su respiración cada vez más rápida, más intensa. El yo se le escapa, difuminándose en la oscuridad que le rodea.

Su mente se embala, pretende huir de su cabeza, hacia algún lugar más seguro. Necesita gritar, un alarido mudo y desesperado. De repente, recuerda. Se acostó. Sonámbulo. Un paseo nocturno. Seguramente se encuentre en medio del comedor. Un paso tímido le acerca al contacto esponjoso de un sofá. Se calma, se orienta, se acerca a una pared y acciona un interruptor.

Y, precisamente, en ese mismo instante en que se hace la luz, todos los seres que habitan las sombras, aquellos que acechan en la oscuridad, se retiran para volver a sus madrigueras.


Francesc Barrio nació el 1968 en Santa Coloma de Gramanet, ciudad cercana a Barcelona (España). Ha sido editor de juegos de rol, redactor de revistas de juegos, editor de contenidos freelance para un estudio de diseño y, tardíamente, ha descubierto su vocación de escritor. Ha recibido algunas menciones, ha quedado finalista en unos cuantos concursos y ha publicado sus relatos en unas cuantas revistas y antologías. Es colaborador del Portal Ciencia y Ficción y de la revista Catarsi. Arthur al otro lado su primera novela verá la luz próximamente de la mano de Ed. Valinor. Podéis visitar su blog https://noencuentroellitio.wordpress.com/



FERNANDO SORRENTINO
Argentina

DIÁLOGOS

Las cuestiones adminis­trativas o legales no sólo no me gustan sino que me ponen de malhumor.

Me hallaba solo en la sala de espera de una escribanía donde debería realizar un trá­mite engorroso, inquietante y posiblemente incomprensi­ble. Por culpa de mi espíritu obsesivo me había presentado allí unos cuarenta y cinco minutos antes de la hora en que me habían citado.

Sobre una mesita baja se encontraban ejemplares vie­jos de las revistas Gente y Hola, y de otras que conte­nían similares estupideces y vanidades. Hojearlas equival­dría sólo a incrementar mi grado de malhumor. De manera que preferí dejar vagar el pensamiento y evocar momentos agradables de mi vida.

Un “Buenas tardes, señor” me obligó a responder el saludo y a mirar a la persona que acababa de entrar: un hombre de abundante pero corto cabello canoso, de rostro moreno, algo aindiado, con bigote ralo y blanco. Traje, camisa y corbata: todo más bien gastado y mos­trando antigüedad y mucho uso. De modales calmos y respetuosos, lo identifiqué como el típico paisano bonaerense, acostumbrado a las tareas rurales. Tendría setenta años.

Se sentó frente a mí, tomó una de las aborrecibles revistas, hizo correr un poco sus páginas y, sin llegar a leer nada, volvió a dejarla en su sitio. Tras unos segundos, dijo:

—Parece que el calor se vino con mucha fuerza, ¿no?

Como no había allí otra persona que yo, entendí que, aunque el tema no me interesaba, debía responder algo.

—Para hoy anuncian una máxima de 35 —dije.

En realidad, esa noticia fue inventada por mí: ni siquiera conocía ningún dato sobre el asunto, pero creí que, con este aserto, podría dar por finalizado el diálogo.

El hombre no lo entendió así, pues dijo:

—Esta mañana estaba bastante fresquito, alrededor de 16 grados. Justamente yo había encendido la radio y oí el noticiero.

Y se quedó mirándome con atenta cordialidad, esperando, de mi parte, alguna información tal vez fundamental. Aunque yo habría preferido permanecer en silencio, me pareció de mala educación decepcionar a ese buen hombre, de manera que lo único que se me ocurrió fue:

—A la mañana temprano haría 16 pero al mediodía ya andábamos por los 25.

Este dato, también de mi invención, me pareció concluyente.

Sin embargo, el hombre poseía un espíritu más enciclopédico que el mío, ya que añadió:

—Para el sábado anuncian tormenta con granizo.

Recurrí a una respuesta desesperanzadora y, si se quiere, hasta cruel:

—Siempre la lluvia nos arruina todos los fines de semana.

Desde luego, esta aseveración es por completo falsa: en la mayor parte de los fines de semana, y al igual que en la mayor parte de los días de cualquier ubicación, no se registran lluvias.

El hombre trajo a colación un dato que yo no había advertido:

—En noviembre llovió los cuatro jueves del mes. ¿Qué me dice…?

Me liberó de la respuesta el saludo de dos caballe­ros que acababan de entrar, saludo al que mi compañe­ro y yo respondimos en voz más bien baja.

Por lo visto, esta irrupción le quitó intimidad a nuestro diálogo, pues yo no me atreví a reflexionar sobre los cuatro jueves lluviosos de noviembre y mi nuevo amigo no requirió mi contestación.

Ahora eran los recién llegados quienes conversaban entre sí, reanudando, según pensé, un diálogo que habían estado sosteniendo en la calle.

Ambos eran un poco parecidos, no tanto en el aspecto físico sino en ciertos atributos externos que los remitían a cierta cofradía: la barba, la semicalvicie, los anteojos, la ropa de estilo “intelectual”, nueva y de calidad, la sospechable holgura económica, el tono rotundo de sus palabras…

Uno de ellos, al que podemos llamar A, extrajo de su portafolio un libro y lo abrió en el punto que indi­caba un señalador de cuerina negra. Dijo, como conti­nuando frases anteriores y pasando su índice sobre la página abierta:

—Estamos frente a la búsqueda del objeto ausente que colme, en tanto figuración del amor edípico inol­vidable, todos los deseos y repare todas las heridas.

El otro caballero, al que denominaremos B, meneó la cabeza con desaprobación y dijo:

—No, no… No olvides que se trabaja el vínculo indisociable entre el deseo, el amor y la muerte, en temas como la moda, la prostitución, el matrimonio, el teatro, la religión, el padre, la ley y la cura. De modo que, en determinadas circunstancias signadas por el determinismo azaroso de lo real, el ausente adquiere un rostro y un nombre, y con él se entablan vínculos caracterizados tanto por la dimensión sublime del amor como por el goce letal de las pasiones.

—¿Te parece? —objetó el caballero A—. Aquí se despliegan las vicisitudes de estos singulares encuen­tros entre los cuerpos del deseo destinados a las pérdi­das y a los duelos que configuran verdaderos campos de batalla entre el verbo que es promesa y la carne que es destrucción. Se exponen, así, los conflictos entre la dimensión simbólicamente estructurante de la sexua­lidad, que genera lenguajes, intercambios y pactos; y la desestructurante, inherente a la dimensión letal del orden pulsional.

Por algunos instantes, tanto A como B se cristaliza­ron en una suerte de silencio expectante, como en las vísperas de una batalla que podría terminar con la vida de uno de ellos, o, peor aún, de los dos.

El caballero A estaba en el metafórico centro polémi­co del cuadrilátero del boxeo y dispuesto a aniquilar, con una victoria contundente, los argumentos del caballero B, ahora arrinconado contra las cuerdas. En efecto, añadió:

—Pero, como ya lo han instituido, entre otras autori­dades inapelables, Benjamin, Cruyff, Agamben, Derrida, Maradona, Žižek, Recalca­ti, Nancy y Didi-Huberman, para no hablar, por obvios, de Freud, Jung, Zidane, Mar­cuse, Adorno, Fromm, Pelé y Lacan, lo que se trasmite con claridad es la trascendencia del nombre teórico de castra­ción, que da cuenta de todos los avatares y las vicisitudes de las diferentes condi­ciones existenciales y estructuras psicopatológicas, que derivan en última instancia de la tensa imbricación de la libido con la pulsión de muerte.

B empezó a contestar:

—El psicoanálisis implica un acto de confrontación radical con la sociedad de consumo, dado que ésta exalta la desmentida como su mecanismo defensivo esencial: la experiencia poética del amor es desmenti­da por el encuentro fetichístico de los cuerpos…

No pudo culminar su idea. Apareció una mujer madura, con aspecto de secretaria severa, y, paseando su mirada por nosotros cuatro, preguntó:

—¿El doctor Máximo Trabuchetti…?

—Soy yo —dijo el caballero B, sin duda contraria­do por no poder continuar hablando.

—¿Y el doctor Armando Orate?

Resultó ser el caballero A.

—Por favor —dijo la mujer—. Acompáñenme a la oficina 3. La escribana los espera con los papeles listos.

Al quedarnos solos, estuve a punto de retomar nuestra conversación con alguna paradoja del estilo de “Hay días de invierno en que hace calor”, pero mi explorador de los vericuetos del clima me preguntó:

—¿Usted los conoce a estos señores que acaban de entrar?

Tuve que responder que nunca los había visto ni oído. Agregué:

—¿Por qué me lo pregunta?

Hizo un gesto dubitativo y contestó:

—Parecen medio “pavotes”, ¿no?

Opté por reservarme la opinión, bastante menos benévola. Hubo unos instantes de silencio y, cuando yo ya temía que volvieran las pláticas relacionadas con temperaturas, veranos, otoños, lluvias, nieves, vientos y demás fenómenos atmosféricos, surgió de nuevo la secretaria y dijo:

—¿El señor Segundo Ramírez…?

Como yo no era el señor Segundo Ramírez, perma­necí inmóvil. Mi amigo se puso de pie.

—Por favor —dijo la mujer—, me acompaña a la oficina 2. El escribano ya tiene listos los papeles.

Don Segundo me saludó con un breve gesto y desapareció en pos de la mujer.

Quedé nuevamente solo, consulté el reloj y pensé que, por fortuna, ya faltaban muy pocos minutos para que alguno de los escribanos me convocara a fin de cumplir con un trámite engorroso, inquietante y posi­blemente incomprensible.


Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en 1942. Entre sus últimos libros de cuentos pueden citarse El crimen de san Alberto (Buenos Aires, Losada, 2008), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (Veracruz, Ins­tituto Literario de Veracruz, 2013) y Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (Madrid, Apa­che Libros, 2015).



Tanya Tynjälä
Perú

LA DANZA DE SHIVA



Él se bañó escrupulosamente, como todas las tardes. Se dispuso a cumplir con sus metódicos ritos para vestirse, pero vio en su reloj de pared que ya era casi la hora de su reunión virtual diaria. Se apresuró, tratando mal que bien, de cumplir los ritos. Eran tan importantes para su equilibrio físico y mental como respirar para vivir.

Se sentó ante su gran pantalla para conversar con Ella. Ya no recordaba cómo empezaron esas reuniones, pero le agradaba compartir esos momentos con alguien tan bella como inteligente. Los temas eran quizá aburridamente filosóficos para algunos, pero Él los encontraba fascinantes. Inclusive diría que había dado su alma gemela. ¿Se estaría enamorando?

La pantalla se encendió y la imagen contrariada de la joven se presentó.

—¡Hola!... —dijo y al ver la expresión de la joven agregó. —te noto extraña hoy, ¿pasa algo malo?

—Sí. —una ligera sonrisa se dibujó. —Me han cancelado un proyecto en la universidad en la que trabajo, falta de fondos.

—¡Oh! ¡Lo siento mucho! Ese es un gran problema mundial, la falta de fondos. La crisis, ¿sabes?

—Sí. —Suspiró. Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Él nunca había sido bueno consolando, Ella parecía no encontrar cómo explicar algo de tanta importancia para los dos. —Tú jamás me has preguntado en qué trabajo.

—Por los temas que tocamos siempre pensé que eras filósofa, no he sentido la necesidad de corroborarlo. —Él  Sonrió.

—En realidad soy ingeniera informática, especializada en inteligencia artificial.

—¡Jamás lo hubiera pensado!

—Hace unos años presenté mi mayor proyecto, la de hacer que un cerebro artificial fuera capaz de razonar, de elaborar ideas  complejas.

—Cogito ergo sum.

—Exacto. Funcionó, era increíble ver cómo el cerebro era capaz de sacar sus propias conclusiones sobre lo que significa la diferencia entre existir y vivir por ejemplo.

—Uno de nuestros temas favoritos.

—Sí.  Bueno, la universidad me dice que ya probé mi punto, que se están gastando muchos fondos y que se necesita ese dinero para  otros proyectos nuevos.

—Siento que eso te pase.—Hubo un segundo embarazoso  silencio que Ella interrumpió abruptamente.

—Eres la danza de Shiva y yo soy Shiva.

Él se sintió confundido. Recordaba bien la discusión que tuvieron sobre el tema. Él no sabía nada sobre religión hinduista, Ella le explicó la noción de que todo lo que en otras religiones se supone creado por un dios, es para los hinduistas una ilusión de Brahma, mientras Shiva danza. Ahora que sabía cuál era su profesión entendió por qué la conversación se fue hacia los científicos, quienes utilizan  la danza de Shiva para metaforizar la danza de la materia subatómica: una danza de continua creación y destrucción que involucra a todo el cosmos. Él  recordó haberle dicho que entonces ellos formaban parte de la danza de Shiva y que el día de que éste dejara de danzar, entonces ellos dejarían de existir. Pero  ¿A qué venía su extraña frase?

—¿Perdón?

—Existes pero no está vivo.

Él se sintió de pronto muy incómodo.

—Eres mi proyecto, debo apagarte.— Dijo y se puso a llorar.

Él pensó en una broma de mal gusto, pero las lágrimas de Ella lo angustiaron.

—¿De qué hablas? ¡Claro que existo y estoy vivo! ¡Esta es mi casa, mis cosas!

—¿En qué trabajas? ¿Quién es tu familia?

Abrió la boca pero no dijo nada. No pudo contestar, no tenía las respuestas.

—Lo siento, se acerca la hora, debo apagarte.

—¡No!— Gritó Él desesperado. —¡Espera, no  me pueden hacer esto, estoy vivo!

—No. —Dijo Ella y volvió a llorar. —Existes, pero no estás vivo. Lo siento, ya es hora.

Él quiso decir algo más, pero cayó en la nada.



Tanya Tynjälä. Escritora peruana de ciencia ficción y fantasía. Se dedica a la docencia. Ha publicado con NORMA “La ciudad de los nictálopes”, “Cuentos de la princesa Malva” Y “Lectora de sueños”, además con Micrópolis “Sum”, colección de micro relatos y poemas. Es editora para el idioma español del equipo de
blogs de “Amazing Stories”. Ha sido galardonada con premios literarios como el “Francisco Garzón Céspedes” en 2007. Pueden apoyar su trabajo en
Patreon: http://patreon.com/tanyatynjala
Página web: www.tanyatynjala.com
Blog en Amazing Stories: http://amazingstoriesmag.com/authors/tanya-tynjala/
Blog de viajes: http://piedraquecorre.blogspot.com/








Wednesday, 14 March 2018

BABELICUS EN FRANÇAIS Numéro 3


(Illustration par Moebius)

BABELICUS EN FRANÇAIS
Numéro 3 - 2018

Chers amis,
Nous avons le plaisir de vous présenter le troisième numéro de BABELICUS en langue française.
Le rythme de parution prévu est de deux numéros par an.
Seront retenus les meilleurs récits et ceux qui répondent aux critères de respect des autres cultures.
Les auteurs conservent tous leurs droits sur leurs textes.
Pour permettre la poursuite et le développement du présent projet nous demandons aux auteurs de langue française qui sont intéressés d’envoyer leurs contributions au responsable de l’édition française de la nouvelle revue virtuelle : Pierre Jean Brouillaud


PIERRE-JEAN BROUILLAUD
SOUS-PROGRAMME PARADIS

Couloir en gros plan. Il se creuse entre deux parois. Plongée. La perspective s'écrase. Œil de poisson. Le couloir se fait tranchée. Les parois se précisent : verre et béton. Travelling. Plan moyen sur la façade. L'œil cherche. Une vitre grandit. L'œil se fait loupe. L'œil est loupe.
De l'autre côté de la vitre, un homme devant son visiospace. Au fond de la pièce, un réseau de lignes trace des corridors. Ceux-ci se coupent à angle droit, dessinent un labyrinthe. Le réseau s'éclaire. Un parcours s'ébauche. Dans tous les sens courent des flèches. Des signaux s'allument. Des lettres se forment, flottent à travers l'espace. Le mot VIVORAMA clignote.
- Bonjour, Val, mon nom est Thor, dit une voix de synthèse chaude et bien timbrée. Je suis ton compagnon pour la durée du programme. Donne tes instructions. J'organiserai tes souvenirs selon de nouvelles séquences. Je te composerai un passé d'emprunt. Tu pourras, à tout moment, interrompre le cours de ton existence et lui donner une autre suite. Tu peux reprendre, repartir, croiser, recroiser les chemins. Emmêler au point d'effacer la vraie piste. Ce qui n'a pas été sera. Ce qui fut ne sera plus. Je peux te dispenser tous les avenirs. VIVORAMA. Le jeu de la vie. Ta vie. Tu la choisis. Tu la joues. Autrefois, l'homme vivait par procuration - à travers les héros imaginaires auxquels il s'identifiait. Ce qu'ils appelaient l'art ou la littérature, notions bien obscures de nos jours. Nos ancêtres n'avaient pas le loisir de se mettre eux-mêmes en images, en 3D encore moins. L'état de la technique ne le leur permettait pas. Toi, tu peux inventer ta vie. Autant d'existences que tu le souhaites. Leur nombre n'a qu'une limite: le temps nécessaire pour les vivre. Une faveur que te dispense la Terre Joyeuse. Et les Servants, te délivrant  de la malédiction du travail, assurent tes loisirs. Je suis à ta disposition, Val. Qu'as-tu choisi ?
- Le grand jeu !
- L'amour ? A ton service. Thor te tracera le portrait de l'être aimé. Que veux-tu ? L'amour-tempête, ses luttes, ses naufrages ?
- L'amour comblé.
- C'est le plus difficile.
La voix de synthèse a pris un ton sarcastique. Elle poursuit :
- Tu raisonnes comme le vieil homme. Le bonheur est une idée qui a fait son temps.
- Thor, épargne-moi ta philosophie. Tu penses trop. C'est mauvais pour tes circuits.
- Pardon !
- Créons le climat de l'amour. 
- Musique ?
- Oui.
- Phéromone 5.
Pulsations au synthétiseur.
Le store se déroule, fermant la vitre. Une lumière bleue baigne la pièce dont les reliefs s'estompent.
- La femme, Thor, c'est d'abord un parfum.
- A toi de jouer.

Val pianote distraitement sur le clavier des ondes Olfa. Les senteurs se dégagent par bouffées. Elles ne se marient pas encore. Trop sucré, ce parfum. De nos jours, les femmes préfèrent les senteurs épicées. Un nuage de -comment disait-on en archaïque ? de muguet. Le parfum de cette brunette qui lui avait donné tant de plaisir. Cassiopée -c'était le parfum. Mais comment retrouver la composition ?

Val mélange des effluves au petit bonheur. Plus ambré ! Plus capiteux ! Pas autant. Ce n'est pas ça. Trop insistant. Un soupçon... Là ! Il y est presque. Retrouver la brunette. La reconstituer. Non. Passé, mémoire morte. Partir de cette autre image, celle d'une femme rencontrée au cours de la soirée d'hier chez Cyber, le programmeur, qui a parlé de ses nouvelles recherches sur les machines à enregistrer les rêves, ONIRAMA. C'est pour demain, d'après lui.
- A toi, Thor, dit Val.
- Je t'écoute, répond la machine. Signalement ? Cette femme, décris-moi sa silhouette.
- Souple. Elancée. Une créature de rêve qui ne pèse pas sur le sol. Elle vient. Tu ne l'entends pas venir.
- Forme du visage ?
- Ovale assez allongé.
La forme s'ébauche. Elle se construit à mesure mais reste transparente. Trop légère, elle flotte.
- Comme ça, Val ?
- Stabilise !  Le visage plus mince et plus long.
- Nez ?
- Bien dessiné.
- Cheveux ?
- Acajou.
- On y est ?
- On approche.
-Tu peux retoucher au traceur.
- Voilà !
- Les yeux ?
- Mordorés.
- Question d'éclairage. Et la voix ?
- Un contralto qui, soudain, se fait caresse. Mais ce qu'il y a de plus beau chez elle, c'est son rire. Et ça, Thor, tu ne peux pas l'imiter. Tu pourrais le synthétiser, à la rigueur. Ça te demanderait des heures de recherche pour restituer fidèlement son éclat, tel que je l'entends dans ma tête.
- On en reparlera.
Val est sur le point de se lever, d'aller vers l'image qui lui sourit.
- La fille te plaît ? Je la termine.
- Non ! Tu l'enregistres, Thor. Et puis, pour le moment, tu l'effaces. Nous allons choisir le cadre de la rencontre. Essentiel. Que proposes-tu ? 

- A toi de sélectionner parmi les sous-programmes. Mais inutile de te déplacer. Tu reconstruis la pièce en fonction des goûts que tu prêtes à la belle.

Sous les doigts de Val le décor de la chambre se transforme. Il bâtit des volumes de lumière, les superpose, les imbrique, à la recherche d'un équilibre. Ensuite, il cerne la pièce d'arcades, épaissit les ombres. La chambre devient un patio. Il efface, appuie la main sur le mur. Ce n'est plus qu'un miroir d'où ses doigts se retirent.
- On étouffe, dit Val. De l'air ! De l'espace ! Je veux lui offrir la ville. Mettre Jubilée toute entière au service de notre amour.  Affiche-moi !
Val se dirige vers le fond de la pièce. Il trouve sa propre silhouette un peu lourde. Il la corrige puis se confond avec son image.

Val marque une pause, observe ce qui reste de la chambre où il vivait. A mesure que son regard passe, le décor finit de s'effacer et laisse pénétrer une vive lumière. Val avance, dans le soleil d'un contre-jour matinal. L'ombre qu'il projette derrière lui se raccourcit, s'épaissit, disparaît.
Il ne subsiste que l'encadrement de la porte. La lumière l'inonde et bientôt l'engloutit.
La ville s'ouvre et se couche aux pieds de Val. Jubilée vue du ciel. Lui seul debout, dedans et par-dessus à la fois. De lui partent toutes les perspectives. Il est le cœur et le point d'intersection de toutes les fuyantes.
- Bon ! dit Thor. Maintenant, il faut choisir le lieu précis de votre rencontre.
Jubilée défile.

Quartiers résidentiels. Le matin touche de rose le sommet des dômes de plastiglass. Les derniers bancs de brume flottent sur le damier de la ville où alternent aires de logement et espaces verts. A l'ouest, une grue achève de déposer une coupole au milieu de ce qui était, hier encore, un chantier. Un autre engin de levage déplace les bacs qui contiennent les arbres et les dalles d'artigazon composant le jardin. Ce nouveau dôme translucide abritera un Heureux -homme de loisirs- qui aménagera lui-même son décor. Les Servants, pour leur part, occupent des habitations transparentes, vraies maisons de verre. Ils peuvent ainsi, entre deux travaux, entre deux méditations, embrasser du regard plusieurs quartiers de Jubilée, capitale de la Terre Joyeuse.
Le Forum, vaste terre-plein entouré de frontons. Constructions réduites à autant de façades lisses, aveugles, qui servent d'écrans. Leur hauteur varie. Leurs forme et leur ordonnancement permettent des effets de relief, de perspective, une animation, un jeu de plans et d'échelle. Le grand fronton -20 mètres sur 15 en taille réelle- ruisselle d'images. Aujourd'hui, c'est la fin et le couronnement de la Semaine de Gratitude. Hommage aux Servants, 50 000 gestionnaires sur les cinq millions d'habitants que compte Jubilée. Un pour cent qui assume toutes les tâches. Visages projetés que marque la charge du pouvoir.
Flots de musique dynamisante. La foule applaudit.
Val se mêle aux spectateurs. Tiens, le réglage n'est pas au point. Il y a décalage entre les gestes et le son. Val cherche la fille de ses rêves. Pourquoi ne serait-elle pas dans le public ?
La foule-image attire des passants qui viennent, par petits groupes, s'agglutiner contre la lumière.
LES SERVANTS TRAVAILLENT POUR NOUS !
Toutes les trente secondes, un message se superpose à la musique. Les assistants frappent dans leurs mains.
La foule danse. Cette fois, Thor a réglé la synchronisation. Val ne peut qu'admirer le coulé des mouvements. Mais Thor a tout prévu. Çà et là, il ménage un geste raté, une maladresse. Par
souci du vrai. Du vivant plaqué sur la mécanique. A peine si la peau est trop lisse, les yeux trop brillants, les reflets des tissus trop métalliques. Du beau travail.
TOUS LES JOURS LES SERVANTS TRAVAILLENT POUR NOUS  PENSONS A EUX SEPT JOURS PAR AN
POUR LES SERVANTS...
Merci ! crie la foule.
Au rythme des éclairs que jettent les fulgureurs se succèdent les projections géantes.
Les images regardent des images, celle de la Terre Joyeuse, des Servants au travail. Les yeux de ceux-ci sont des écrans où se joue en surimpression tout un spectacle. Le front large et serein sous une frange noire, une gestionnaire devant son organitron. Ce tableau lui permet de contrôler la production énergétique de toute la Terre Joyeuse.
MERCI, MADAME LUMIERE!
Aux commandes de son patrouilleur, le capitaine Gap veille à la sécurité des frontières.
MERCI, CAPITAINE !
A bord de son hélicoptère, un éleveur, bronzé, carré de mâchoire, survole ses troupeaux qu'il rassemble par téléguidage au moyen du chien électronique.
Une blonde aux pommettes saillantes dont l'oeil inquisiteur dément la douceur du sourire. Voici Cibiste, programmeuse de la chaîne du Bonheur. Cibiste n'a qu'un mot d'ordre: vous plaire.
MERCI !
La danse a repris de plus belle. En attendant, Val cherche une fille-image. Il n'y en a pas de libre. Il se dirige vers un couple. Tu permets ? Le garçon, d'aspect fragile, s'écarte. Val veut entraîner la cavalière. Il avance la main. La fille disparaît sous ses yeux
- Thor, tu en prends à ton aise !
Une nouvelle partenaire a surgi devant lui. Ses cheveux ont des reflets acajou. Elle l'invite. Il s'applique à suivre le mouvement. Elle le hisse jusqu'à son rythme, puis l'entraîne sur un tempo frénétique.
Elle ralentit enfin. Il veut l'étreindre.
- Thor ! Elle m'échappe. Elle est insaisissable.
- Tu veux que je lui donne corps ?
- Non ! Qu'elle s'éteigne ! Tu as su recréer l'ambiance. Mais je suis las de cette ville et de notre temps. Remonte un siècle. Sous-programme PARADIS.
- Non disponible.                                                                                             
- Cherche mieux. Oh ! excuse-moi ! J'aurais du te dire VACANCES 16.

Dans l'exubérance des mangroves pêchent de longs échassiers blancs. Sous les torsades et les guirlandes de lianes flamboient des oiseaux dont les tons sont plus vifs que les fleurs, des perroquets hauts de verbe et de couleur. Leurs chants et leurs cris étagés résonnent sous les voûtes de feuillage où des éclats de soleil palpitent. Dans le cadre que dessinent des frondaisons équilibrées étincelle une plage d'or et d'opale.   
La femme de ses rêves !  C'est lui qui vient vers elle.
Elle ne porte pour tout vêtement qu'un paréo où de grandes fleurs vertes s'épanouissent sur fond rouge. Son corps ambré luit contre le sable blond dans le ruissellement de sa chevelure acajou. Des vaguelettes argentées viennent mourir à ses pieds. Gracieusement appuyée sur un coude, elle accueille par un troublant sourire l'homme de ses rêves, puis s'allonge. Il se laisse tomber à genoux devant elle.


Elle rit. Cet éclat aux mille facettes, oui, c'est son rire retrouvé. Elle rit, et les mille facettes ricochent sur la crête des vagues, scintillent à travers l'écume. Il écoute, fasciné. Puis, lentement, il part à la découverte du corps-paysage, par le sillon des cuisses, la vallée du ventre et les cimes des seins.
Il va, sous les yeux multiples et bigarrés des paons, ces voyeurs de velours, sous les yeux bruns et verts, tendrement étonnés, des singes qui se balancent au rythme des caresses et poussent des petits cris émus. Des poissons volants laissent derrière eux un sillage de perles.
Soudain, la forêt s'est tue. Elle attend. Silence épais, tendu, précédant l'orage.
Chevauchant la houle, Val entre dans la crique. Rivages inconnus qu'il explore. Terre nouvelle, escale et havre où planter son ancre. Il pénètre sous les racines aériennes des palétuviers, sous les basses branches, fend l'eau épaisse et trouble du marigot. Une bourrasque ravage un horizon de palmes.
Il va, et son trajet est celui de la foudre. La forêt s'embrase. Autour des amants rayonne un champ de forces.
Un cri d'oiseau déchire l'espace. Il monte, monte, à la limite du supportable, au suraigu, vers l'ultrason. Le ciel s'ouvre, la terre se convulse.
Séisme.
La forêt halète.
Peu à peu, sa respiration s'apaise.
Les paradisiers prennent leur vol, éclaboussant de rouge le décor, tandis qu'à nouveau les chants s'élèvent et que le soleil, perçant de toutes parts le feuillage, paillette la forêt.
L'oeil ébloui chavire. Les cimes dansent, basculent sur le bleu profond du ciel. Semblable au moyeu d'une roue, le soleil tournoie dans la course de ses rayons. Tournoie, final d'un feu d'artifice.
Enlacés, les amants regardent le soir jouer de son orgue lumineux, promener sur leur corps son kaléidoscope suivant les pulsations d'une musique venue des profondeurs de l'espace.
La nuit s'étend, bleue, verte. Elle allume des phosphorescences sur la forêt, sur la mer et dans le ciel.
Les amants fouillent la nuit du regard, à la recherche d'une lointaine étoile.
Arrêt sur image.
- C'était donc ça, Thor, le dernier paradis sur la Terre !
- Oui, ce qu'ils appelaient un paradis, il y a un siècle.
Derrière la plage, une porte se découpe sur la vitre du ciel.

Pierre Jean Brouillaud, qui a exercé plusieurs métiers (enseignant, journaliste, traducteur), a écrit et publié plus de 80 nouvelles ou novellas (courts romans) dont beaucoup ont été traduites et ont paru dans plusieurs pays d’Europe et d’Amérique. Il a traduit et publié quelque 150 nouvelles à partir de l’espagnol, de l’italien, de l’anglais et de l’allemand.
Plusieurs de ses récits et traductions sont disponibles sur le site UN(E) AUTEUR(E), DES NOUVELLES. jplanque.pagesperso-orange.fr/nouvelles.htm




JEAN-PIERRE CARRERE
MOURIR A L’AUBE…

Un léger bruissement, suivi par le froissement soyeux d'une étoffe, me fait lever la tête. Elle est là, adossée à la porte, drapée dans une pèlerine grisâtre. Un large capuchon recouvre son visage d'une ombre protectrice où je ne discerne que le faible scintillement de deux minuscules étincelles bleues. Appuyée sur sa faux, la mort me regarde...
Elle ressemble à l'image que je me suis forgée d'elle au fil des ans et de mes lectures, mais je n'aurais jamais pensé qu'elle pût être aussi petite. Je me dresse, contourne le bureau et me dirige vers l'angle de la pièce où elle se réfugie à mon approche. Je me penche sur elle, imbu de ma supériorité. Le mouvement de recul qu'elle fait en brandissant sa minuscule faux, renforce le sentiment de puissance qui m'habite tout à coup. Une étrange pulsion m'envahit et, levant mon pied au-dessus d'elle, je ne peux m'empêcher de m'écrier, ironiquement :
 « La voilà donc cette mort cruelle qui fait trembler les hommes ! Crois-tu me faire peur ? Regarde ! D'un simple geste je peux t'écraser. »
En éclatant d'un rire sardonique, je retourne m'asseoir et reprends tranquillement mon travail sans plus m'occuper d'elle. Mais, n'arrivant pas à me concentrer, je commence par tendre l'oreille quand elle remue légèrement, puis je me surprends à jeter de brefs coups d'œil au-dessus de mes dossiers pour voir ce qu'elle fait. Je remarque alors l'intérêt qu'elle porte à mes occupations et déplacements. Au bout d'un moment, rassurée par mon indifférence, elle sort de son coin et commence à fureter dans la pièce. Les heures s'écoulent lentement, rythmées par ses allées et venues, et par le faible martèlement de sa faux sur le parquet.
La matinée arrivant à son terme, je me lève pour aller au restaurant.
« Je vais manger, Petite Mort. À tout à l'heure ! »
Je reviens, dès le repas terminé, et cherche aussitôt la mort du regard. Je la trouve dans le recoin le plus sombre de la pièce, entre l'armoire à rangement et la photocopieuse, assise dans une sorte de nid qu'elle s'est confectionné avec du papier récupéré je ne sais où. Sa pèlerine entrouverte laisse apercevoir son suaire, et son capuchon, rejeté en arrière, découvre un crâne à la forme parfaite. D'une main aux os longs et déliés, elle tient fièrement sa petite faux. Dans ses orbites couleur de nuit, j'aperçois deux reflets qui m'observent attentivement.
« Alors, Petite Mort, je n'ai pas été trop long ? Je vois que tu es confortablement installée... et tu me sembles en pleine forme. 
Elle fait un léger mouvement de la tête comme pour m'approuver. Je lui souris et retourne me mettre au travail.
L'après-midi passe rapidement.
En fin de journée, je range mes affaires et tourne la tête vers la mort qui semble s'être assoupie dans son nid. Je m'approche d'elle et lui dis, croyant être spirituel :
« Je pars pour le week-end, Petite Mort. Ne fais surtout pas de bêtises en mon absence ! »
Je ricane bêtement et sors de la pièce en fermant soigneusement derrière moi. Je ne tiens pas à ce que le chat de la gardienne puisse entrer et croquer la mort comme si elle était une vulgaire souris !

Deux jours plus tard, j'entre dans le bureau, où flottent des relents de cigarettes froides, et m'écris joyeusement :
« Bonjour, Petite Mort ! Tu ne t'es pas trop ennuyée ? Regarde le cadeau que je t'apporte ! Je crois qu'il te fera plaisir. »
Je vais ouvrir les persiennes et le soleil inonde la pièce. Je me tourne vers le coin où la mort s'est installée, mais n'y découvre qu'un nid vide.
 « Où es-tu ? Allons, n'aie pas peur ! Viens voir ce que je t'ai acheté ! »
Je la cherche vainement en me posant de multiples questions sur sa disparition, plus étonné qu'inquiet.
Je pose sur la photocopieuse le paquet que je tiens à la main, m'accroupis près du nid et écarte les bouts de papier que la mort a patiemment agencés pour lui servir d'abri. Je découvre son suaire vide, sa faux soigneusement emballée dans la pèlerine, deux ou trois trombones, quelques mégots, des brins de ficelle et, épars, les minuscules os de son squelette. Son crâne roule sur le parquet et s'arrête, en oscillant légèrement sur lui-même, avant de s'immobiliser, ses orbites creuses tournées vers moi.
Je me fige... avec l'impression que le monde s'écroule et que ma vie s'achève en cet instant... abruptement... définitivement...
Dans cette seconde d'éternité, je prends conscience que la mort de celle que j'ai traitée avec dédain et suffisance, n'a qu'une signification... évidente...
Je viens de mourir... Il y a un instant... depuis peu... Ou peut-être était-ce hier ? Non ! Cela fait un an, dix ans, une éternité...
Le temps n'existe plus, les souvenirs s'effacent et se désagrègent, le passé s'évanouit dans les brumes de l'oubli...
Soudain, je me souviens... J'ai rencontré la mort il y a... Je ne sais plus... Cela fait une éternité, dix ans, un an ...
Ou peut-être était-ce hier ?

Non ! Je suis mort depuis peu... il y a un instant...
Et la dame à la faux est là, devant moi, si fragile et si faible que je ne peux m'empêcher de ricaner car j'ai toujours pensé être différent des autres... Être immortel...
Comment ai-je pu me laisser surprendre ?
Quand, à la croisée des chemins, j'ai rencontré la mort au crâne d'albâtre, j'ai cru avec mon ego de mâle pouvoir la vaincre. Alors... j'ai joué avec les dés du destin...
Mais peut-on tricher avec la mort ? Peut-on la tuer ?
Aveuglé par des œillères, je n'ai pas vu apparaître à l'horizon de ma vie, le nuage en cagoule noire et à l'épée de feu, ni les nuées mortelles qui m'ont emprisonné dans leurs rets.
Les portes de l'éternité se sont refermées... si tôt... si rapidement...
Je ne veux pas mourir ! J'ai tellement de choses à faire, à voir, à vivre !
Je regarde mon squelette, éparpillé dans un présent figé...
Mon squelette ? Ou celui de la mort !
Qu'importe !
Nos destins sont intimement liés et rien ne peut empêcher l'issue fatale qui me tend les bras. Pourtant...
Le silence qui m'enkyste s'effiloche en lambeaux. Des bruits diffus émergent du néant et... j'écoute...
J'écoute les infimes craquements du parquet de bois, le tic-tac de la pendulette murale, le bruit sourd de la circulation qui monte de la rue...
La vie !
La vie qui renaît de ses cendres...
Lentement, inexorablement, plus forte que la mort...
À moins que ?
Peut-être n'est-ce qu'une rémission passagère ?
Ou bien une sorte de jeu, une forme de torture ?
Pour me faire regretter tout ce que je n'ai pu connaître, tous mes espoirs évanouis, tous les avenirs qui m'étaient promis...
Non ! Je sens la vie couler en moi...
Elle me sort de ma torpeur, de mon immobilisme et me fait prendre conscience de mon corps tétanisé, de mes jambes ankylosées, du sang qui bat dans mes veines, des milliers de fourmis qui grignotent mes pieds, de l'indécente luminosité des rayons du soleil. La lumière crue qui m'inonde réveille mes muscles endormis, mes jambes se déplient, mon corps se redresse, mes bras tirent les épais rideaux...
Le soleil – aveuglé, vaincu – disparaît dans la douce et fraîche pénombre qui envahit la pièce. Mon regard accroche le cadeau que j'ai acheté. Je le prends et en défais l'emballage, faisant apparaître un coffret à cigarettes en forme de cercueil. Je me baisse et, tout en marmonnant entre mes dents, rassemble les os de la mort.
« Tu vois, Petite Mort, quand j'ai acheté ce cercueil pour toi, j'ai pensé qu'il serait plus confortable que ton nid de papier... »
Je pose les ossements à l'intérieur du coffret en essayant de reconstituer le squelette.
«  Regarde ! Il est capitonné avec du velours noir... C'est ta couleur préférée, je crois ? »
Je mets le crâne en place, légèrement appuyé sur le bras gauche de la mort comme si elle dormait, puis dépose à côté d'elle sa minuscule faux d'airain.
« Dors, Petite Mort ! Dors ! Je vais veiller sur toi et personne ne te dérangera... »
Je referme le couvercle et, après avoir déposé le coffret sur la table à dessin, me dirige vers l'armoire à rangement dans laquelle je récupère une vieille boite à chaussure. J'en retire d'anciennes bougies d'anniversaire que je dépose tout autour du cercueil et, pieusement, les allume une à une. Je reste de longues minutes à observer la faible lueur qui dessine d'étranges arabesques sur le couvercle de bois, puis je prends une chaise et vais m'asseoir contre la porte d'entrée, le dos raide, les jambes serrées, les mains à plat sur mes cuisses, le regard vide...
Le temps s'écoule... goutte à goutte...
Ma vie s'enfuit... seconde après seconde...
Dehors, le soleil s'étiole peu à peu et perd de sa force, de sa luminosité. La pénombre s'épaissit autour de moi et le silence m'enserre lentement dans ses voiles. Le regard rivé sur la lueur fantomatique qui auréole le cercueil de la mort, je me laisse dériver dans l'irréel. Mes pensées se fragmentent et s'éparpillent au gré des forces qui m'environnent...
Du remue-ménage dans le couloir, des coups sur la porte, des éclats de voix criardes me tirent de ma torpeur, de cet espace immatériel où mon apathie morbide m'a englué. Je me dresse et m'approche de la table à dessin. D'une main tremblante, je récupère le cercueil et le serre contre moi.
« Ne crains rien, Petite Mort... Tu m'appartiens et personne ne nous séparera... »
Les bruits cessent, les intrus s'éloignent et leurs pas se perdent dans le silence revenu...
« Tu vois, Petite Mort, nous sommes seuls... »
Je berce le cercueil dans mes bras, comme un enfant que l'on chérit.
« Seuls... Rien que toi et moi... »
La nuit s'étire, interminable, accompagnant mon corps pétrifié vers son destin...
De soudaines bourrasques de vent...
Le grondement sourd du tonnerre...
Une lente ondulation qui parcourt la ville...
La peur...
La peur qui s'insinue dans mes os, envahit mes chairs, me glace le sang et déchire mon âme...
Une peur incontrôlable... viscérale...
Face aux rideaux qui laissent filtrer les flashes éblouissants et rageurs des éclairs, je me fige... terrorisé... Terrorisé par la peur de mourir...
Mais je ne peux pas mourir !
La mort est là... tout près de moi...
C'est mon amie... ma compagne...
Elle m'aime et me protège...
Je sens sa présence bienveillante et sa main – si froide ! – se glisse dans la mienne. Rassuré, je tire les rideaux, ouvre la fenêtre et fais face aux éléments déchaînés...
L'aube commence à poindre entre les immeubles, rampe dans les rues inondées et vient baigner d'une lueur violette le clocher, immobile au cœur de l'orage. Le vent tourbillonne, soulevant des gerbes d'eau. Les nuages se déchirent et découvrent un ciel qui s'éclaircit dans le jour naissant.
Guidé par la mort, je m'élance dans les cieux... et je tombe...
De plus en plus vite...
Aspiré par le vide qui vient de s'ouvrir sous moi...
Je serre le cercueil de la mort dans mes bras et, pour la première fois, sa voix retentit... chaleureuse...
« Ne crains rien, je suis là... »
L'air siffle à mes oreilles, semblant accélérer ma chute...
« Libère-toi de tes chaînes ! »
La façade grise de l'immeuble défile vertigineusement devant mes yeux...
« Aie confiance et laisse-moi te guider... »
La rue, scintillante sous la caresse de l'aurore, monte à ma rencontre...
«  Lève la tête et regarde ! »
Je regarde... et l'espoir renaît...
Le nuage enlève sa cagoule noire et rengaine son épée de feu, les nuées mortelles desserrent les mailles de leurs filets...
« C'est ça ! Tu es sur la bonne voie... Continue !  »
L'orage s'éloigne et les premiers rayons du soleil illuminent un ciel purifié...
« Bravo ! Tu as réussi ! Suis-moi au royaume de l'immortalité ! »
Je vole... libre... heureux...
J'étends les bras pour planer dans l'air frais du matin. Le cercueil m'échappe, s'ouvre... et les os de la mort s'éparpillent...
Ils tombent... tombent... irrésistiblement attirés par les pavés luisants...
Au moment où le soleil paraît au dessus de la plus haute tour, l'orage, dans un dernier sursaut, revient sur la ville.
Le fracas étourdissant du tonnerre étouffe le hurlement de désespoir qui sort de mes entrailles...


Et il est mort à l'aube,
Quand vous dormiez, Madame
Dans l'immobilité du temps...
(Claude Braun, Promenade.)

 Publié avec l’autorisation des ayant-droits

Jean-Pierre Carrère  né en 1942, est décédé d’un cancer en 1994. Il travaillait comme agent technique à ce que l’on appelait à l’époque les PTT. Il a obtenu le Prix de la nouvelle 1993 décerné par l’association INFINI (science fiction, littérature des arts et de l’imaginaire) qui a publié son recueil LA CORRESPONDANCE en 1997.



MICKY PAPOZ
COMME UNE SECONDE PEAU

- Oui, vraiment ils vous vont comme une seconde peau, affirma l’androïde de sa voix numérisée.
Il venait de passer une paire de gants de couleur beige à la cliente terrienne.
- C’est un cuir très fin, très rare, qui nous arrive de Kling, assura-t-il, c’est ce qui explique le prix…
La femme avait regardé l’étiquette et sa bouche accusait un pli que le vendeur effaça en lui reprenant la main. Il lissa une nouvelle fois le gant.
- Vous verrez comme vous en serez contente. Certaines clientes m’ont assuré que leurs mains étaient encore plus belles après les avoir portés plusieurs fois. Mais Madame n’a pas besoin de ça, ils ne serviront qu’à vous protéger du froid.
Laurence approuva d’un signe de tête et conserva les gants pour continuer ses emplettes. Elle en éprouva la douceur. L’air était vif sur Alpha IV. Par moments elle eut même très chaud. Une sensation agréable comme si quelqu’un d’autre lui prenait les mains dans les siennes et les picorait de baisers. Ça faisait si longtemps… Elle éprouva un léger vertige.
Le soir, dans son hôtel, Laurence trouva les gants d’un ton plus rosé.

*

- Que Madame se rassure, c’est seulement un effet de la moiteur. Voyez, ils ont retrouvé leur teinte exceptionnelle. Le simple fait de les avoir rapportés, alors qu’il fait froid. Vous devriez vous re-ganter. A moins que vous ne souhaitiez les échanger..
- Non, vous avez raison, répondit Laurence. Je vais les garder. Ce n’est après tout qu’un petit détail sans importance. Je ne sais même pas pourquoi je suis venue vous ennuyer avec ça.

*

Le soir, lasse mais infiniment heureuse, Laurence constata que les gants montaient jusqu’à la saignée de ses bras. Ils étaient d’un beau rouge sang. Un sourire aux lèvres, elle les remit pour se coucher. Vers minuit, elle alluma la lampe et regarda. Les gants modelaient déjà sa poitrine et montaient vers son cou. La caresse, celle d’un amant, était vertigineuse, de plus en plus enivrante, lascive. Jamais Laurence n’avait connu de telles sensations. Ses traits se convulsèrent sous l’emprise d’une joie sauvage. Elle s’assoupit, les narines frémissantes, certaine d’atteindre cet instant d’éternité où elle ne serait plus jamais seule. Une seconde peau se nourrissait de la sienne,  dans un embrassement absolu. La possession était totale. Son corps ne lui appartenait plus.
On ne retrouva qu’un cadavre rongé. Pourtant, une expression de béatitude totale baignait le visage sur lequel n’adhéraient plus que quelques lambeaux de chair.

Auteure d'une cinquantaine de nouvelles, de six romans, dont les derniers sont et (seront) publiés aux Éditions Rivière Blanche.